jueves, 26 de julio de 2007

Escritores sin editores

En las últimas semanas han tenido lugar dos noticias que pueden ser consideradas como terremotos para la industria del libro y, principalmente, para el sector editorial:

-Alberto Vázquez Figueroa, escritor tinerfeño de indudable éxito (25 millones de ejemplares vendidos de sus novelas) anuncia que ofrece gratis la descarga de su última novela "Por mil millones de dólares", y que hará lo mismo con los próximos libros que escriba. Os aconsejo fervientemente que leáis el texto "Mis novelas gratis", en el que nos habla de las motivaciones que le han llevado a tomar esta decisión. Una auténtica declaración de principios en la que no deja títere con cabeza: ni editoriales, ni Gobierno.


-Gracias a un artículo de Sergio Fernández en Papel en Blanco, he tenido conocimiento de que Elfriede Jelinek (Premio Nobel de Literatura en 2004) está escribiendo su última novela “Neid” a través de su página web. Las palabras de la propia autora son suficientemente elocuentes: “¿Para qué necesito la asistencia de una editorial cuando yo misma puedo volcar mi novela en la Red y hacerla accesible a todos mis lectores de forma gratuita?


Bien es cierto que este segundo caso nos es menos accesible (tendremos que aprender alemán, al menos hasta que haya una traducción al castellano), pero muestran con claridad el mismo hecho: escritores consagrados que han visto nítidamente que, en el actual mundo de las TIC, no necesitan para nada a las editoriales, ya que Internet y la World Wide Web les ofrece toda la difusión que puedan querer y mucha más. Pero no sólo eso, realizan un auténtico acto filantrópico, de democratización de la cultura, ofreciendo gratuitamente sus nuevas obras.


No cabe duda de que esto sólo lo pueden realizar escritores célebres, que en palabras coloquiales “tienen la vida resuelta”. Pero si más escritores de éxito tomaran el mismo camino, simplemente de vender sus novelas a través de Internet (dejando a un lado la gratuidad), ¿en qué situación quedarían las editoriales? Por mucho que se empeñen los editores, no creo que un autor necesite de ellos para defender sus derechos de autor. Además, en este caso, las editoriales no pueden argüir la ilicitud de las descargas P2P. ¿Qué podrán defender en este caso la SGAE o CEDRO? ¿Irán a los Tribunales por el “lucro cesante” que les ocasionan estos escritores que tienen la “osadía” de hacer lo que desean con sus derechos? Sólo imaginarlo se nos presenta como una escena desternillantemente cómica, pero ya se sabe que la realidad supera la ficción. El autor puede hacer lo que quiera con los derechos sobre sus obras, ¡estaría bueno que no fuese así!

En conclusión, todo esto es un importante toque de atención a las editoriales para que repartan más equitativamente el pastel. No puede ser que el creador sea el que menos se beneficie, con enorme diferencia, de sus propios libros. En todo caso, la actual y decimonónica situación de la industria del libro va a seguir tal y como está, y cualquier autor que quiera realmente darse a conocer tendrá que hacerlo a través de las editoriales. Pero parece que soplan nuevos aires, vientos de cambio. Gracias a Internet es posible que nuevos valores literarios puedan mostrar su talento mediante escritos de descarga gratuita y convencer de su buena calidad a los editores.

Colateralmente, esto beneficia a las bibliotecas, que se favorecen de estas refrescantes iniciativas, pudiendo ofrecer nuevas obras a sus usuarios sin necesidad de que éstos tengan que pagar el dichoso canon bibliotecario. Tal y como se presentan las cosas, es muy probable que las iniciativas de Alberto Vázquez Figueroa y de Elfriede Jelinek sean un recurso con gran proyección en el futuro para ofrecer literatura actual a los ciudadanos, sin coste alguno. Habrá que estar atentos a la evolución de este fenómeno. Ojalá que cunda el ejemplo.

De vez en cuando habría que recordar a las autoridades competentes que “la biblioteca pública ha de ser, por principio, gratuita...” (Manifiesto de la UNESCO sobre la Biblioteca Pública, 1994). Parece una verdad de perogrullo pero la actual realidad, desgraciadamente, la desdice. Esperemos que las cosas cambien.


Un saludo cordial.

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