viernes, 20 de julio de 2007

Reflexiones de Amos Oz sobre "los comienzos"

Sí, es cierto. ¡Qué difícil es ponerse delante de una hoja en blanca y escribir algo que tenga un mínimo de interés! Pero más complicado aún es elegir con qué se empieza.

Pero no pretendo yo hacer aquí un relato, sino algo mucho más sencillo, contar mis impresiones sobre el escrito de Amos Oz (Premio Príncipe de Asturias de Las Letras, 2007), introducción de su libro “La historia comienza: Ensayos sobre literatura”.

También dicha introducción es un inicio, y hay que decir que se trata de un comienzo bellamente intimista. Pienso del mismo modo que el padre de Amos Oz. Amo la literatura y me declaro admirador de los escritores (especialmente de los buenos, claro está) porque son auténticos prestidigitadores, magos de la palabra que escriben apasionantes historias surgidas de la nada, simplemente del ingenio del autor. En efecto, es mucho más sencillo, aunque no esté exento de esfuerzo, realizar un estudio sobre cualquier tema científico porque ya se tienen “brújulas” que nos guían y nos facilitan el sendero de la escritura.

En el mismo prólogo, Amos Oz nos relata un hipotético proceso de inicio de escritura de un libro, mostrándonos las visicitudes por las que pasa el escritor. Pero no sólo eso, creo que también nos enseña cómo los personajes, desde el principio de la obra, toman entidad propia y le “dicen” al escritor que, en determinado momento, realizaron esto o aquello de un modo y no de otro. Digamos que también es difícil saber qué es lo que quieren los personajes de la obra que el escritor haga de ellos una vez que han adquirido vida propia.

A su vez, Amos Oz nos muestra diferentes modos de iniciar un relato:


-Escribiendo y reescribiendo la misma frase a lo largo de todo el escrito.

-Después de mucho pensar, sin hallar la frase adecuada, “acabar tirando la toalla” y comenzar con unas palabras vanas y aburridas, que nada tienen que ver con la esencia del relato. Incluso, como dice Amos Oz, puede que esas frases carentes de encanto sean necesarias. Además, no pocas veces ocurre que lo más fino y “cursi” es lo que cuesta más garabateos sobre el papel.

-“Contratos” entre el escritor y el lector, dejando al margen al protagonista. Muestra ejemplar de ello es “El Quijote”.

-“Contratos” engañosos, que parecen revelar un crucial secreto al lector y que luego realmente se descubre que eran una “trampa de miel”.

-Anécdotas, “cotilleos” que atraigan la atención del lector.

-“Contratos” filosóficos.

-“Contratos” áridos y ásperos, que pretenden dejar claro al lector desde el principio que el viaje por la historia del libro no va a ser nada sencillo.


También Amos Oz nos propone un sugestivo interrogante: ¿...no hay textos buenos y malos, sino sólo textos legítimos bien acogidos y otros textos, no menos legítimos, que no hallan buena acogida? Es muy posible que nos perdamos joyas literarias porque no hayan la difusión necesaria, o porque en la actualidad no hemos sabido apreciar toda su belleza. Ni mucho menos sería la primera ni la última vez. El ejemplo más paradigmático que se me viene ahora a la cabeza es Vincent Van Gogh, que sólo vendió un cuadro en vida. A D. Miguel de Cervantes le pasó algo similar. Vivió míseramente y tuvo que esperar a su muerte para que se le reconociese el maravilloso talento que contenían sus obras literarias. Sin duda, la mayoría de las veces, ¡triste vida es la del genio!

Respecto a lo que hay antes del principio, lo que el autor llama “antes del Big Bang”, creo que nunca lo sabremos. Más bien eso es propiedad única e indiscutible de cada lector (y, asimismo, por qué no, también del propio escritor), imaginar que era de los protagonistas antes de la historia que se nos narra. Del mismo modo que nos ocurre muchas veces con personajes secundarios que desaparecen de la trama tan pronto como surgieron de la nada. Nos preguntamos: ¿qué será de sus vidas? Por ejemplo, aquel muchacho que vivía de hacer recados a los vecinos (uno de los cuales era el protagonista) ¿lograría salir de la miseria gracias a las clases gratuitas que le impartía al final del día un sabio y filántropo anciano? ¿o, por el contrario, se dejaría llevar por la sordidez de su destino y acabaría convirtiéndose en un ladronzuelo “de tres al cuarto” que terminaría sus días deambulando por tristes calles mugrientas y llenas de soledad?


En fin, ya veis que esto de escribir es “simplemente” empezar a divagar y seguir divagando hasta que encontremos algo que contar. Unas frases unidas que no nos disgusten demasiado y que creamos que pueden interesarle a alguien. Sin duda alguna, una empresa bien difícil. Como dice Amos Oz, hagamos como Gurov y atrevámonos a llamar la atención de la dama, quizá la musa de la literatura se apiede de nosotros y nos conceda el don de la creatividad.

Un saludo cordial.


Nota1: utilizo el género masculino de forma genérica para facilitar la lectura, por lo que los sustantivos en forma masculina hacen referencia a personas de ambos sexos.

Nota2: el artículo de Amos Oz está contenido en El Cultural de El Mundo.

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