domingo, 14 de octubre de 2007

"De la Tierra a la Luna" con Julio Verne

Hace varias semanas, con el fin de disfrutar de una lectura entretenida y relajada, sin más pretensiones, me decidí por “De la Tierra a la Luna”. Cuando era un chiquillo, recuerdo que leí “Miguel Strogoff” y “El rayo verde”. La literatura de Julio Verne se recomendaba a los niños por toda la carga de imaginación y aventuras que alberga.

Así que supongo que, también con el secreto afán de rejuvenecer un poquito, me propuse leer uno de sus libros, después de tanto tiempo.

Se ve que guardaba en mi mente la equivocada concepción de que los escritos del autor francés eran literatura infantil. Pero nada más lejos de la realidad. Julio Verne fue un impresionante precursor de la literatura de la ciencia ficción, un visionario (en el buen sentido), tanto como Leonardo da Vinci, que gracias a sus inquietudes y conocimientos científicos sorprendió a sus coetáneos con alucinantes inventos que, pasadas unas décadas, se convertirían en realidad (el submarino y el helicóptero). Sus libros no tenían nada de infantiles, estaban dedicados a todo tipo de público, si bien es cierto que sus novelas comparten como denominadores comunes el protagonismo de un héroe y de la tecnología.

Por todo ello, la lectura de “De la Tierra a la Luna” me ha sorprendido por el contenido tan sabroso que “escondía” (sólo producto de mi desconocimiento). Si lo hubiese leído hace diez o quince años también hubiera disfrutado mucho, pero no hubiese podido obtener muchos elementos que ahora he extraído. La literatura tiene un don especial: una misma obra, dependiendo de nuestro estado de ánimo o de la edad que tengamos, nunca será igual, siempre nos aportará algo nuevo que nos enriquecerá.

En esa misma línea, soy plenamente consciente de que muchos de mis comentarios sobre la obra no tengan probablemente mucho que ver con el espíritu real de la obra. Pero creo que Julio Verne no sólo se anticipó al futuro en los inventos tecnológicos, sino también en aspectos más complicados como el desarrollo de las naciones (en concreto de Estados Unidos). Sus razonamientos suelen ser juiciosos y llenos de lógica, imperando el sentido común combinado con su audacia. En las siguientes líneas transcribo las sensaciones y reflexiones que me ha transmitido este libro:


-Verne parece ya otear el carácter belicoso de los estadounidenses: “sin guerras no hay cañonazos”. Éste podría ser el lema del Gun Club. El libro retrata a la sociedad norteamericana (al menos a buena parte de ella) como más amante de la guerra que el mismísimo Ares. Y, por ello, no permite ni por un instante que los cañones dejen de “hablar. Eso sí, ya no dentro de Estados Unidos desde la Guerra de Secesión.

-Desgraciadamente, no le falta razón a Verne al decir que, en muchas ocasiones, las “naciones civilizadas” establecen relaciones enviándose misiles. Eso sí, en ningún momento dice que las relaciones sean amistosas.

-El principio del libro se asemeja a una descripción caricaturesca del pueblo estadounidense, al retratarlo como una sociedad bárbara, inculta y prepotente.

-El autor demuestra, no sólo unos grandes conocimientos científicos, sino también una excelente capacidad didáctica en su lenguaje. De ahí que sus novelas sean, además de un magnífico recurso de entretenimiento, un material para el aprendizaje. Creo que se trata de una obra muy recomendable para los jóvenes. Así mismo, J.Verne hace gala de unos conocimientos muy notables de Historia. Realmente posee una extraordinaria erudición. Y en el siglo XIX no había Internet ni ordenadores...

-Se desarrolla una curiosa contienda entre Texas y Florida, aunque muy plausible dadas las “elevadas muestras de raciocinio y diálogo” del ser humano. No hay más que observar las rivalidades existentes entre algunas ciudades españolas (no es necesario dar nombres). En fin, un verosímil absurdo. En todo caso, detrás del componente emocional de casi todas las rivalidades, subyace la economía, aunque muchas veces lo primero nos haga perder la vista sobre lo segundo.

-También es destacable la manifestación del enorme poder e influencia que sobre la sociedad tenían ya algunos medios de comunicación, concretamente el telégrafo y los periódicos. Eran auténticos medios de comunicación de masas que afectaron a una buena parte de la sociedad del siglo XIX, tanto como la televisión e Internet en la actualidad (si bien, ahora, la influencia de éstos es mucho más global y poderosa).

-El escritor francés da rienda suelta a su imaginación. Tal vez no lo pensó, o lo escribió deliberadamente. Pero al dar voz a Miguel Ardan, es presumible que al hablar a la multitud en Stone´s Hill, la inmensa mayoría le hubiese abucheado al oír sus teorías evolucionistas del hombre, al caracterizarse la sociedad estadounidense por ser tan puritana y conservadora (seguramente, en aquel entonces, todavía seguidora en su mayoría de la teoría creacionista). Es posible que esta novela no sólo encierre una gran fantasía, si no también una visión muy irónica del modo de ser estadounidense. Aunque esta reflexión sea sólo una mera divagación.

-En el duelo entre Barbicane y Nicholl se enseña un modelo tópico del carácter estadounidense, violento y dado a resolver los conflictos a tiros. Desde luego, ha de tenerse en cuenta también que las generalizaciones nunca son buenas.

-Julio Verne elogia el conocimiento del terreno, la capacidad de seguir los rastros y la astucia de los indígenas americanos. Puede entenderse que tiene una sensibilidad y una apreciación de la realidad que no tuvieron ni el colonialismo estadounidense ni el colonialismo europeo, salvajes y despiadados.

-“Este cañón no hará daño a nadie lo que, tratándose de un cañón, no deja de ser una maravilla”. Sin duda, una manifestación de pacifismo excelente e ingeniosa. El hombre venido del Viejo Continente parece traer un mensaje de sosiego y cordura a los estadounidenses, que no sobraba tampoco en Europa. Dice mucho del pensamiento de Julio Verne. Lo explica claramente al rechazar Miguel Ardan la tentativa del mutilado y vehemente belicoso J.T. Maston de ir con él a la Luna: “¿Qué pensarán de los hombres los selenitas?”

-En el diseño y equipamiento del proyectil que les transportará a la Luna, se contrapone un espíritu eminentemente práctico de los estadounidenses, frente a un supuesto gusto europeo más dado a lo artístico y a las cosas superfluas.

-Desatada imaginación de Verne, que veía en el lanzamiento del proyectil a la Luna unas graves consecuencias sobre la Tierra en forma de trastornos naturales. Tal era la capacidad que pensaba podría tener el hombre para condicionar la Naturaleza. Aunque, visto lo acaecido en la actualidad, su propia ensoñación se asombraría del poder contaminador y destructor del hombre. Posiblemente, el cambio climático le parecería algo inaudito.

De todos modos, no deja de ser cierto que el hombre se obstina inútilmente en estar por encima de la Naturaleza y lograr controlarla. Está más que claro que es algo absurdo e inútil que va en nuestra contra.

-Al final, en las palabras de J.T. Maston, puede intuirse la idea de que un proyecto común dirigido a mejorar el conocimiento humano, puede conseguir unir a personas de los pensamientos más dispares. Las empresas nobles y enriquecedoras para toda la comunidad (para esta “Aldea global” que ya somos) pueden seducir al hombre y hacer que abandone actividades que sólo causan dolor y sufrimiento (el caso paradigmático son las guerras).


En fin, esta es la "marejada" de ideas y sensaciones que me ha suscitado este libro. Creo que esta obra es un buen ejemplo de cómo incluso una creación literaria que, en principio, está destinada hacia el disfrute y el ocio (que no es poca cosa), tiene la capacidad de conducirnos también hacia los caminos de la reflexión. Feliz lectura.


Un saludo cordial.

Nota: la imagen ha sido extraída de la siguiente página web: http://jv.gilead.org.il/perez/Imgs/DTLuna_Portada.jpg

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