sábado, 19 de abril de 2008

Historia de dos bibliotecas

Este artículo que aquí traduzco (escrito por Ryan Davis, en la versión en línea de South Manchester Report, con fecha de 3 de abril), nos anima a conocer los hermosos lugares donde vivimos, a descubrir su historia y a admirarnos con lo que, hasta hace poco, ni siquiera sabíamos que existía, a pesar de que lo teníamos junto al portal de nuestra casa. Una invitación a conocer nuestra propia ciudad. Y todo imbricado en torno a dos bibliotecas con un pasado apasionante.


Cada uno de nosotros, de vez en cuando, debería intentar ser un turista de su propia ciudad.

La mayoría de los años vagamos a destinos soleados y exóticos, y seguimos religiosamente el camino de los visitantes en torno a la lista de museos recomendada, bellos parajes y algunos otros sitios de interés.

Sin embargo, por alguna razón, nos es difícil a muchos de nosotros sacar tiempo para conocer la historia del lugar donde vivimos, de nuestras raíces.

Y cuando se vive en una ciudad con una historia increíble como la que nosotros tenemos (Manchester), esto sólo puede definirse como algo criminal.

Hasta hace poco tiempo, Manchester era la ciudad más importante del mundo; una metrópolis manchada de hollín que impulsaba la carrera humana a golpe y chirrido de máquinas, dentro de una era industrial llena de maravillas y horrores.

Algo sucedió aquí que cambió el mundo para siempre. ¿Pero dónde están todos los museos y exposiciones que cuentan la impresionante historia de cómo la revolución industrial encontró en Manchester el lugar desde el que transformar el planeta?

Es posible que sea algo que haya que variar en el espíritu de Manchester, demasiado inclinada a la humillación voluntaria y una intolerancia sensata hacia la prepotencia que nos hace ser reacios a proclamar al viento nuestra propia significación para el resto del mundo.

O quizá se trata únicamente de que la historia de Manchester no es el tipo de historia que aquellos que controlan el dinero público quieren que sea contada. Después de todo, mientras que los templos de la edad industrial están espléndidos en otros sitios, en Manchester tuvieron lugar los peores excesos del capitalismo, expuestos públicamente para ser vistos por todos.

La historia de Manchester ha estado siempre relacionado con el pueblo. Era el lugar donde la gente trabajaba como la clase social más segura de sí misma y de ideas radicales, y donde el coste humano de la industrialización fue más evidente. Quizá este es otro motivo que explica por qué los poderes (públicos) dudan bastante a la hora de contarnos la fantástica historia de la Ciudad del Algodón.

Por ejemplo, cuando mi compañero columnista Neil Roland descubrió, en el reportaje de la última semana, los enormes sacrificios realizados por las mujeres en los primeros años del siglo XX para hacer campaña en favor del sufragio universal y oponerse a lo que ellas consideraban una guerra injusta; todo ello llegó a convertirse en una nota a pie de página de la historia de la ciudad, en vez de ser proclamado como un episodio de valor y determinación de sus protagonistas.


¿Quién está contando la historia de Manchester? ¿Dónde están las descripciones de las penurias vitales extremas de la primera ciudad industrial del mundo; las historias de las tremendas privaciones de los pobres, arrastrados por una horrenda existencia en sótanos húmedos y atestados, mientras la maquinaria industrial que ellos llevaban proporcionaba enormes adelantos en diversos aspectos de la vida humana, desde la ciencia a la medicina, al transporte, al placer y a las libertades democráticas?

¿Dónde están las exposiciones que muestran la matanza de 18 manifestantes como uno de los momentos decisivos de la lucha por la democracia y el derecho al voto de todas las personas? ¿Y dónde la historia de Emmeline Pankhurst, de la Liga sufragista, de Robert Owen y su relación con la ciudad que los vio nacer?

¿Dónde se narran las simpatías republicanas de la ciudad durante la guerra civil (1642-1649) que provocaron que la realeza británica se negase a visitar Manchester durante 150 años y sólo la visitó cuando el príncipe William estuvo convencido del levantamiento de tropas para luchar contra Napoleón?


El error más evidente de la ciudad para con su pasado lo encontramos en la Biblioteca de Chetham.

Tiene una historia increíble. Es la biblioteca pública más antigua del mundo anglo-parlante, abrió en el siglo XVII. Está ubicada en una edificación medieval construida 200 años antes, seguramente única en la ciudad tanto por su fecha, como por su naturaleza y diseño.

La biblioteca posee también otro reclamo que la hace famosa. En la década de 1840, entre sus visitantes más habituales estaba una pareja formada por Marx y Engels, que pasaron muchos días allí hasta que lograron elaborar las ideas que llenarían las páginas de la obra de Engels “Las condiciones de la clase trabajadora en Inglaterra” y el Manifiesto Comunista de Marx.

No es necesario ser marxista para apreciar el impacto de esta última obra sobre la historia del siglo XX.

Ahora usted podría pensar que este lugar de tanta significación sería una de las principales atracciones turísticas de la ciudad, proclamado al viento por los líderes políticos locales como destino de visita obligado, tanto para turistas como para los habitantes de la ciudad.

En cambio, visitar la biblioteca es una experiencia surrealista y desconcertante.

No hay ningún tipo de señalización que anuncie que la construcción del siglo XIV se halla oculta detrás de la mucho más conocida escuela de música de Chetham, enfrente del Urbis Museum en el centro de la ciudad.

Cuando realicé mi primera visita hace unas semanas, tuve que preguntar a uno de los guardias de seguridad de la escuela si me encontraba en el sitio correcto. Él se quedó un poco perplejo pensando que yo desearía entrar (en la escuela), pero luego me entregó alegremente una pequeña pegatina verde y me indicó la dirección de esta joya oculta de la historia de Manchester.

Tras pasar los descuidados claustros medievales, dentro me sentí transportado a una novela de Harry Potter. El techo iba descendiendo más y más, y el camino se hizo tortuoso hasta que me paré ante una sólida puerta de roble pintada de un negro intenso, donde decía “Por favor, llame”, remarcado en un llamativo letrero blanco.

Despúes de hacer lo que se me decía, esperé durante unos incómodos segundos antes de que un distante crujido de pasos aproximándose sonase al otro lado de la puerta, y el sonido fuese más fuerte.

Cuando la puerta se abrió lentamente, no debería haberme sorprendido de que Hagrid estuviese delante de mí. Sin embargo, había una sonrisa de bienvenida de una simpática bibliotecaria que era muy feliz de guiarme por los oscuros y escasamente ventilados pasillos de este increíble tesoro, y compartir los secretos de su fascinante historia.

Incluso me senté en la mesa donde Marx y Engels prepararon hace tantos años su proyecto de cambio (de la sociedad).


Si la visita a la biblioteca de Chetham fue una experiencia frustrante e impresionante a partes iguales, mi periplo a la otra biblioteca casco histórico de la ciudad en el mismo día, al menos, me ofrecía alguna esperanza de futuro.

Una multimillonaria obra había reabierto la biblioteca John Rylands al visitante como nunca antes.

Por un lado, la demolición del adyacente achaparrado edificio del Manchester Evening News ha mostrado el exterior de la biblioteca en todo su esplendo hacia Deansgate, un nuevo y acogedor moderno centro del visitante -equipado con una guía sonora de ayuda e incluso con su propia tienda de recuerdos- hace el interior accesible al usuario.

Guías te cuentan la historia de la biblioteca mientras te desplazas por los magníficos pasillos y habitaciones, y puedes gastar una moneda en utilizar sus históricos cuartos de baño, antes de acomodarte en la impresionante sala de lectura, donde las estatuas de los personajes con las mentes más excepcionales de la humanidad están flanqueadas por las de John Ryland y su esposa Enriqueta Augustina Rylands, quienes miran orgullosos su gloriosa creación.


Para mejor suerte, en Chetham´s, está decidida la demolición del poco agraciado edificio de la escuela de música, que oculta a su más ilustre vecino y, afortunadamente, son contadas las inquisitivas miradas.

Y con el Museo de la Historia del Pueblo en Salford, que está recibiendo varios millones de libras para su renovación, sólo podemos esperar que las cosas se pongan en su sitio y se hagan correctamente.

Hace veinte años la idea de que Manchester fuese un destino turístico era ridícula. Sin embargo, los tiempos han cambiado. Ahora el dinero y los turistas circulan dentro de la ciudad y la transforman tan rápidamente como lo hizo el vapor en aquellos años pasados (de la Revolución Industrial).

Tanto si gusta o no, Manchester se forjó a base de una historia de lucha de clases, desafío, rebelión y un glorioso espíritu de independencia.

Los líderes cívicos de la ciudad tienen la responsabilidad de asegurar que no olvidemos este legado.

Nota1: utilizo el género masculino de forma genérica para facilitar la lectura, por lo que los sustantivos en forma masculina hacen referencia a personas de ambos sexos.

Nota2: enlace al artículo en inglés de Ryan Davis "A tale of two libraries".

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