Mostrando entradas con la etiqueta Literatura_latinoamericana. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Literatura_latinoamericana. Mostrar todas las entradas

viernes, 7 de diciembre de 2007

"La tregua", de Mario Benedetti

Ríos de tinta se han escrito sobre esta excepcional novela, así que yo me limitaré a escribir (como en otros tantos comentarios) las sensaciones y reflexiones que me ha hecho aflorar, y no han sido pocas.

Mario Benedetti (1920-) nació en la localidad de Paso de los Toros (Departamento de Tacuarembó), tierra adentro de Uruguay, pero ya en su infancia comenzó a vivir en Montevideo, ciudad a la que estaría ligada buena parte de su vida y de su obra, entre otros el libro que hoy comento, y de la que tendría que exiliarse por su compromiso social y político con la libertad, con la democracia, con el libre pensamiento.


Podría resumirse esta composición literaria en pocas palabras: el diario de los últimos meses de trabajo de un oficinista de Montevideo, a la espera de la "ansiada" jubilación. Sin embargo, sería una enorme injusticia, porque el diario es sólo un instrumento para enviar a las conciencias de los lectores una profunda reflexión sobre variados aspectos de la vida que son comunes a todos, ya se viva en Montevideo, en Madrid o en Londres. Muchas veces hemos oído y escuchado decir que la verdadera sabiduría se halla únicamente en la experiencia de la vida. Y, en cambio, yo pienso que todo está en los libros, como todo está en la vida, porque la vida también son los libros. Y "La tregua" es un ejemplo paradigmático de ello.


Según Vázquez Montalbán (autor del prólogo de la edición que he leído), el protagonista de la novela es el propio Benedetti que, a través de una mirada crítica, observa la realidad uruguaya de principios de los 60 (tiempo en que se llamaba a Uruguay la Suiza de América). Una mirada crítica, mediante un diario personal, que no se queda en el egocentrismo, ya que el ego en Benedetti no se olvida de la comunidad, y procura descifrar la situación de la colectividad, concretamente de la languideciente clase media.

Yo no me atrevería a decir que Benedetti es pesimista. Sería una definición demasiado sencilla. Se trata más bien de ese parecido que encuentra Martín Santomé en su hija Blanca, "triste con vocación de alegre". Podría denominarse "vitalismo frustrado" o "pesimismo vitalista", como el rescoldo de la lumbre, que no da luz pero se niega a apagarse definitivamente.


En mi opinión, el tema principal del libro viene indicado por el título: la tregua, ese armisticio que le ofrece la vida al protagonista Santomé cuando descubre el verdadero amor en la joven oficinista Laura Avellaneda. La única y verdadera razón por la que merece la pena vivir es el hallazgo del amor en otra persona. Y Benedetti nos regala una definición del amor excepcional, la más bella que nunca antes había leído o escuchado: “Ella (Avellaneda) me daba la mano y no hacía falta más... Ella me daba la mano y eso era amor”.

Esta relación vivifica a Santomé. En buena parte del tiempo que pasan juntos, dialogan y las preguntas que surgen hacen que su alma se renueve. Además, el recuerdo del pasado logra que se reconozca, que sepa más de lo que es y de lo que fue (sobre todo, recuerda su relación con su fallecida mujer y madre de sus hijos, Isabel). Por otro lado, cuando Avellaneda habla de la relación de sus padres le expone los diversos sentimientos que pueden unir a dos personas (amor, confianza, piedad, camaradería, ternura) y nos hace ver lo complicado que es identificar y diferenciar cada uno de ellos.


Al margen de todo esto, el protagonista teme profundamente la llegada de ese innominado día en que se quede solo, con su corazón envejecido, sin esperanzas ni motivaciones. Y ese momento llega cuando uno menos se lo espera. En el caso de la relación de Santomé, precisamente cuando más seguro comienza a sentirse, cuando ya se han disipado los fantasmas de la diferencia de edad o de la infidelidad que le acechaban. Aun siendo consciente de la fragilidad, de la caducidad de su idilio con Laura, la materialización de este hecho le traspasa el corazón como una espada perfectamente afilada e inmisericorde. Tras esos momentos de felicidad, vuelve el oscuro destino, su triste pasar por la vida. Y también llega la jubilación, que es el ocio “que tanto se espera”. Realmente parece querer decir que prefiere la gris rutina a ese desabrido y penoso “ocio” (por llamarlo de alguna manera). Con la ausencia de Avellaneda se fueron las ganas de vivir y sólo queda la muerte en vida del protagonista.

Pero mientras, simultáneamente, hay otra cuestión que está presente a lo largo de toda la novela y que parece ser insoslayable para Benedetti: la existencia de Dios (o su negación). Hay multitud de referencias a ello. Al principio del libro, el protagonista se muestra más bien incrédulo pero, digámoslo así, “condescendiente” y afirma: “Quizá mi duda le complazca”. Curiosamente, como afirma Unamuno en “La agonía del cristianismo”, la duda es precisamente la base de la fe.

En todo caso, la existencia (o no) de Dios es una pregunta recurrente en la inmensa mayoría de las personas, sobre todo en quienen creen racionalmente en él (con lo que no se trata de una fe ciega, que sería igual a fanatismo) o en aquellos que quieren creer en él. Se trata de una inquietud que puede causar pánico, ya que nos rebasa sobremanera. Normalmente, la mayoría de la gente tiene un concepto de Dios inmenso e inalcanzable. En cambio, el hombre necesita un Dios cercano, al que poder asír con el corazón, como dice Santomé (sin duda, una reflexión brillante). Y, por un momento (probablemente en la posición más desesperada de su vida), el protagonista se encuentra próximo a Dios, expresándolo de un modo certero y poético en esencia: “casi llego a conmoverlo”. Mas tras ese duro instante, la indiferencia producida por la impotencia lleva al definitivo alejamiento.


Al mismo tiempo, hay una serie de temas que se tocan a lo largo del relato, entre ellos:


-Las obligaciones vitales (como la necesidad que tiene Santomé de criar el sólo a sus tres hijos, tras la muerte de Isabel) a que nos conmina la propia vida y la sociedad son inexorables y, por ello mismo, no pueden causar felicidad ni orgullo. Son sólo eso: obligaciones.

-La rutina puede llegar a ser grata ya que, como le ocurre a Santomé, permite evocar todas las pasiones frustadas. Lo normal (y no deja de ser triste) es que nos acomodemos a la rutina, a la mediocridad fatal, que posterguemos indefinidamente lo que deseamos ser y hacer. Posiblemente sea así, nos negamos a nosotros mismos por los requerimientos de la vida.

Engarzada con el tema de la rutina está otra reflexión que nos propone el autor: ¿qué separa a la inercia de la desesperación? ¡Menuda pregunta! En mi opinión, creo que la inercia implica dejarse vencer, el paso siguiente una vez que la desesperación se consume y desaparece.

-El contacto humano es una necesidad vital, probablemente una de las más importante de todas debido a que somos seres sociales por naturaleza. Quizá sea un placer sencillo, pero es el más reconfortante.

-El ocio que trae consigo la jubilación. El protagonista cree que cuando se retire del trabajo, se hallará “con los defectos de la juventud y casi sin ninguna de sus virtudes”. Sin embargo, la afirmación más afinada al respecto la encontramos cuando dice “no es el ocio lo que preciso, sino el derecho a trabajar en aquello que quiero”. El oficinista encara el final de su vida laboral con una verdad rotunda y lapidaria. Con ese trabajo deseado no busca el paraíso, simplemente un mundo más sencillo y amable de habitar.

Por todo ello, podemos observar que aunque el protagonista lo desee, el ocio de la jubilación no es el fin de esa búsqueda de la felicidad que nunca termina, de eso que se llama vida. Viene a ser algo parecido a “El viaje a ninguna parte”, como el título del célebre libro de Fernando Fernán Gómez (que en paz descanse, aunque realmente su presencia seguirá muy viva entre nosotros).

-La corrupción aparece como elemento contaminador de la sociedad uruguaya, en concreto en tres agentes:

  • La Administración y la política: al hablar sobre cómo acelerar su jubilación, aparece el verbo “untar”. En la charla con su amigo Aníbal, Santomé se da cuenta de que lo ha empeorado el país es que cada vez traga más y se resigna a la corrupción, cada vez menos gente se enfrenta a ella. Con lo que la sociedad en su conjunto, progresivamente, se está volviendo más hipócrita. Sin embargo, como afirma Santomé en sentido positivo, “nadie se muere de honestidad”.

  • La comparación del Palacio Salvo (según el protagonista, su fealdad no engaña a nadie) con la mentira de la prensa (y de los medios de comunicación en general) es realmente muy ingeniosa. Nos venden sus engaños y todos nos los creemos, sin saber muy bien por qué. Será la rutina y el aburrimiento debido a que no se cansan de martillearnos.

  • Los grandes empresarios, en palabras de Santomé (que es el propio Benedetti), vienen a representar el culmen de la corrupción moral. “...no podía hallarles cara de Alguien sino de Algo. Me parecen Cosas, no Personas...” Se realiza una tremenda y tajante crítica a los Patronos, ésos que experimentan “...la sensación...de que algunos destinos están en sus manos...” Realmente estamos ante una reflexión memorable sobre el capitalismo, sistema económico que no sirve a las personas, sino que se sirve de ellas. Merece mucho la pena leer con detenimiento el Sábado 17 de agosto. Ha pasado casi medio siglo y, sin embargo, su discurso es completamente actual.

    El incidente de Menéndez confirmará al protagonista en su idea de que el Gerente no es alguien, sino algo. No posee sensibilidad, sólo tiene un inmenso y absurdo orgullo (por llamarlo de algún modo).

-Otra materia omnipresente a lo largo de toda la novela, quizá tan esencial o más que el tema que he señalado como central es la corrupción que provoca el paso del tiempo. Ese juez que se dice que pone a cada uno en su sitio (ojalá fuese así; en cambio, no nos queda más remedio que pensar en que existe algo después de este mundo, otro sitio donde se haga justicia a tantos despropósitos, desgracias y maldades). Lo que sí es verdad es que es inexorable su paso. Esto lo descubre Santomé al reencontrarse con su amigo “Escayola”, disipándole esa falsa sensación que a veces se tiene respecto a que el calendario siempre permanece en el mismo año, aunque con otro número. Poco a poco, yo mismo me voy dando cuenta de que los dígitos sí importan, y mucho.

Relacionado con el paso del tiempo, Santomé hace un comentario muy certero: cuando hablamos de la Vida, en general, en realidad nos referimos al Placer; cuando se dice “todavía es joven” es que queda poco para que se termine esa juventud; cuando se habla del atractivo vigor-experiencia se sabe que dura muy poco. De hecho, una vez pasada esa fase, Santomé duda mucho que la experiencia vital adquirida compense a la pérdida de brío físico.

-La sociedad uruguaya de los 1960, a pesar del desarrollo tecnológico y de la presunta bonanza económica, mantiene anclada su mentalidad y conserva muchos tabúes. El descubrimiento de la homosexualidad de Jaime supone todo un cataclismo para Martín Santomé y sus otros hijos Esteban y Blanca. Lo mismo sucede con la relación de dos personas con significativa diferencia de edad, como es el caso de la relación de Santomé con Avellaneda. ¿Qué pensaría la sociedad? ¿Qué sería más correcto, mantener la relación en la clandestinidad o mostrar al mundo que son una pareja? Avellaneda parece ser esa lucecita que anuncia el cambio de la sociedad uruguaya. Tiene una gran claridad de ideas y un pensamiento abierto. Lo que une a las personas es el amor, el cariño, la amistad y no un contrato legal, un ritual vacío de contenido.

En todo caso, como se observa en su relación que su antiguo amigo Vignale, la convención social y “lo correcto” siguen prevaleciendo a la sinceridad.

-Se muestra que las palabras poseen enormes diferencias de significado, matices esenciales aun tratándose de vocablos que diríamos son sinónimos. El libro aborda un caso ejemplar. Hay palabras como “fallecer” que no tienen sentimiento, que son puro trámite, que ni duelen ni padecen (como algo aséptico). Por el contrario, ¡qué diferente es morir! Con ella se va el alma, duelen hasta las entrañas cada vez que se pronuncia si se trata de un ser querido, de un ser amado.

Asimismo, es cierto que a las personas que han “fallecido” sólo es justo recordarlas en la memoria viva, y no en un velatorio.

-Para terminar y siguiendo con la cuestión del vocabulario, aunque en otro orden de cosas, resulta refrescante y muy enriquecedor observar con qué mimo y donaire se utiliza el castellano en Latinoamérica. Es muy interesante descubrir palabras como “frazada” (del catalán “flassada”, viene a ser sinónimo de manta y se sigue usando en Argentina, por ejemplo), “coima” (de origen incaico, uno de sus significados es soborno), pocilla, pollera, etc.


“La tregua”, de Mario Benedetti, es un libro para leer al ritmo que se quiera, tanto de un tirón en una tarde, ya que los capítulos cortos invitan a ello; como muy lentamente, para asimilar pausadamente las enjundiosas reflexiones del autor. De cualquiera de las maneras, espero que disfruten con la lectura de esta magnífica novela, plena tanto en razonamientos como en sentimientos. Una obra maestra de la literatura latinoamericana y mundial.


Un saludo cordial.


Nota1: utilizo el género masculino de forma genérica para facilitar la lectura, por lo que los sustantivos en forma masculina hacen referencia a personas de ambos sexos.

Nota2: la foto ha sido extraída de la siguiente dirección: http://www.uimp.es/img/institucional/img_premio_2005.jpg