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jueves, 3 de junio de 2010

El sentido económico

El post de hoy es más de ciudadano que de bibliotecario. No tiene nada que ver con las bibliotecas.
Tiene que ver con nosotros, una reflexión sobre la sociedad en que vivimos, sobre la economía que nos lleva y sobre nuestra forma de actuar. Temo ser demasiado filosófico ; o demasiado realista, según se vea. Yo sólo pretendo reflexionar y, modestamente, hacer reflexionar al que quiera hacerlo.

El pasado sábado estuve viendo la tele, y me quedé enganchado a “La Noche temática” de la 2. Uno de los documentales me dejó muy impresionado. Y me hizo reflexionar sobre la manera de obrar de los hombres. El documental se llamaba “Las autopistas de la alimentación” (realizado por BBC Scotland).

Comenzaba con una panorámica espectacular de la Tierra, enfocando a Europa, Norte de África y Oriente Próximo, mostrando el incesante tráfico de aviones, barcos y camiones que transportan constantemente mercancías de un lugar a otro de la tierra. Hilos de luz constantes, imparables, moviéndose a toda velocidad.
Luego la cámara enfocaba a lo largo del documental a diferentes partes del planeta, orígenes de todos esos movimientos. La mayoría de los lugares pertenecientes, no por casualidad, a países del tercer mundo. Pero, en todo caso, mostraban como el ingenio del hombre es capaz de salvar todos los obstáculos cuando se propone alcanzar un fin.

Uno de los ejemplos se localizaba en Egipto. Resumiendo, un agricultor egipcio producía patatas para exportarlas a Europa. Hasta ahí, podríamos decir que todo bien. Si no fuera porque produce las patatas en medio del desierto, esquilmando los enormes acuíferos que esconde el subsuelo, y que una vez terminados no se recuperarán. Si esto no fuera poco, las semillas de las patatas se adquieren en Escocia y para su conservación se envían intercalando un musgo irlandés que permite su conservación. Es decir, un sinsentido.

Otro ejemplo todavía más rocambolesco. En Kenia, se producen judías para su exportación, principalmente, a los mercados europeos. Se trata de una auténtica carrera contrarreloj. Las judías se comienzan a pudrir desde el mismo momento en que se cortan de la planta. Y las plantaciones se encuentran en aldeas perdidas, con caminos de tierra casi intransitables. Por cierto, las judías tienen que ser rectas, porque son las que se adecuan al gusto de los consumidores. Si la judía es curva, aunque sea igual de buena que la recta, se tira. Cuando las judías se recogen, tienen que esperar a que una camioneta venga a recogerlas. Durante la espera, gracias una nevera natural confeccionada con carbón vegetal, las judías se mantienen frescas (el invento es realmente ingenioso). La camioneta las lleva hasta un camión refrigerado que finalmente las lleva a la fábrica. Allí las judías se limpian y empaquetan. Y, por último, se envían en avión hasta Europa. Sí, en avión. Las judías se pudren en 6 días y tienen que llegar lo más pronto posible a los supermercados. Otro sinsentido.

Un ejemplo de los países desarrollados es el de la producción de pimientos en los invernaderos de Holanda. Gracias a una avanzada tecnología, ¡tienen una capacidad de producción de hasta 30 kilos de pimientos por metro cuadrado al año¡ Esto se logra en buena parte gracias a unas bombillas especiales, que producen una luz similar a la del sol, y que están siempre encendidas, con lo que las plantas producen las 24 horas del día, los 365 días del año. Pero, claro está, mantener las bombillas constantemente encendidas requiere un gasto energético impresionante para el que se necesita cantidades ingentes de gas natural. Para producir pimientos, se agotan los yacimientos de gas natural, que más bien debieran utilizarse para la calefacción de las casas (y no hay pocas personas en este planeta que pasan frío y apenas tienen con qué abrigarse). Otro sinsentido.

Sí, todo son sinsentidos. Si no fuera porque hay un sentido superior, el sentido económico: la lógica por la que se trata de comprar al precio más barato para vender al precio más caro posible.
Se dice que la Bolsa está controlada por un grupo de especuladores abyectos, sin escrúpulo alguno, que sólo buscan el beneficio inmediato, sin importarle lo más mínimo los ahorradores y, en general, la población. Y es completamente cierto.

¿Pero nos planteamos cuando compramos una libreta en un comercio chino, o cuando compramos una pieza de pescado importada de Chile en el supermercado? Queremos comprar al precio más barato posible igualmente. Nos importan poco los daños al medio ambiente y la merma de los derechos laborales de personas a las que no conocemos. Claro que pensamos que nuestros salarios son bajos, y tampoco vamos a ponernos con tonterías, bastante ajustados llegamos a fin de mes.

Se puede decir que todos los intervinientes de este sistema (el capitalismo) sacan un beneficio. El problema es que unos sacan pingües dividendos y viven como reyes o, al menos, viven cómodamente, y otros apenas consiguen lo suficiente para malvivir míseramente (no es necesario que pensemos en un agricultor africano, pensemos simplemente en un dependiente que cobra 700 euros). Y no cabe duda de que los controladores del capitalismo son los beneficiados de este sistema. Pero la inmensa mayoría de nosotros tampoco va a acabar ni quiere acabar con este sistema porque desea la riqueza del que tanto envidia, el Mercedes, el chalet, la ropa a medida, jugar al golf, etc.

Ese sinsentido tiene toda su lógica en el sentido económico. El sentido económico por el que si todos queremos tener las hortalizas frescas o las verduras frescas en el supermercado, habrá gente que trabaje por un salario mísero y hábitats naturales que se destruyan. El egoísmo parece inherente al hombre y mientras el egoísmo siga imperando, las cosas seguirán igual. ¿Queremos que todo siga igual? El hombre ha demostrado una inteligencia infinita, como hemos visto en los ejemplos. Es capaz de salvar los mayores obstáculos con tal de lograr su objetivo. En este caso, vender sus frutas y verduras. ¿Será capaz, seremos capaces (al menos, algún día) de sacudirnos nuestro egoísmo y establecer un sistema económico justo y acabar con todos los sinsentidos?

lunes, 27 de agosto de 2007

La Globalización en las bibliotecas y en la literatura

El desarrollo social y económico que se produce en los países desarrollados hace que se tambaleen y modifiquen continuamente sus valores y sus principios rectores. De ahí que la Globalización conlleve muchos factores positivos. Ya que una sociedad que cambia, se plantea de dónde viene y hacia dónde va y, en principio, tiende a analizar lo que está sucediendo y a ser crítica. Pero una Globalización mal dirigida, que se deje en manos únicamente del mercado y de la economía (como la actual Globalización neoliberal), que sólo beneficie a unos pocos países, entraña muchos aspectos perversos que hay que evitar a toda costa. Las sociedades subdesarrolladas tienen unos pilares que son mucho más difíciles de mover y la tradición tiene mucho peso. Es un deber de los países desarrollados ayudar a los países más desfavorecidos porque, en caso contrario, la sima existente entre ambos será cada vez mayor. La Globalización ha de disminuir las desigualdades, no incrementarlas.


El fenómeno de la globalización no es algo surgido en la actualidad, anteriorme ha “impregnado” a la economía o a la política, y ahora ha llegado a su culmen en el ámbito de la información gracias a Internet. Por lo dicho, la globalización no tiene únicamente connotaciones económicas, no hay más que observar la “inocente” invasión cultural del mundo anglosajón (de Estados Unidos fundamentalmente). De un modo pacífico, las fronteras políticas desaparecen y saber inglés se convierte en un imperativo. Si los artículos científicos o informativos no se escriben en inglés, pierden casi toda su potencial visibilidad. Este hecho ha tenido mucha más vehemencia que la que poseyó durante muchos siglos el latín. Y si el esperanto apenas ha sido considerado para ser la lengua internacional, no se puede interpretar como un hecho natural. Es de suponer que la política y la economía hayan tenido mucho que ver en la preeminencia absoluta del inglés.

En este mundo que habitamos, todo está interconectado, economía, política y cultura. Por ello, la información ya se ha convertido en un bien indispensable, y aunque de valor muy difícilmente mesurable, según la información que se posea, más o menos acertadas serán las decisiones que tomen las personas, en cualquier contexto de la vida. De ahí que las bibliotecas públicas deban cumplir un papel vital, especialmente para los sectores más desfavorecidos de las comunidades.

Dentro de ese rol crucial, también se encuentra la difícil tarea bibliotecaria de conformar los fondos. La dicotomía en las bibliotecas a la hora de configurar sus colecciones, entre los libros más vendidos y la literatura “elitista”, “minoritaria” (en este caso, es curioso ver estos dos adjetivos juntos) o, como yo diría, simplemente literatura de calidad, que lleva al lector mucho más allá del simple entretenimiento, que lo transporta a la reflexión, a la crítica, al conocimiento. Los bibliotecarios deben luchar por atraer a los lectores hacia ese otro tipo de literatura. No sé si se trata de una postura “moralista”, yo creo que únicamente es aplicar el sentido común en todo este marasmo alocado de mundo. Seguiré pensando que es mucho más beneficioso leer, por ejemplo, a Albert Camus que a Dan Brown (el caso más paradigmático de escritor de bestsellers de la época actual). Si leyendo a Dan Brown se llega a Camus, me parece perfecto, pero si el apetito lector del usuario se queda en los bestsellers, en mi opinión, creo que los bibliotecarios habremos perdido buena parte de la “batalla literaria”. (¿Qué pensáis a este respecto?).


Yo suelo decir que “siempre nos quedarán los clásicos” (y son tantísimos y tan buenos), pero no es menos cierto que para que se siga creando buena literatura, es necesario hacer frente a las grandes editoriales y a su literatura comercial y prefabricada, mediante la promoción de los escritores locales y regionales. Y esto es una labor que han de liderar los gobiernos de los diferentes países.

La globalización, en esencia, debería significar mestizaje, algo que es natural y beneficioso. Pero la actual globalización está revestida de una agresividad tal que se convierte en colonialismo cultural de los países desarrollados (especialmente del mundo anglosajón) que no enriquece, sino que empobrece, ya que se lleva por delante las tradiciones y las raíces culturales de siglos en muy pocos años. Hay que impulsar lo que Enrique Ramos Curd denomina “bibliodiversidad”, una oferta literaria plural y diversa, que no aliene a la población sino que la haga interesarse por temáticas variadas que la acerquen a realidades ajenas a su vivir cotidiano.


Por otro lado, fuera ya del mundo editorial, es interesante (aunque previsible) el daño que está haciendo la televisión a los hábitos lectores. Al igual que en España, en Chile (y supongo que también en otros países de América Latina) se encuentra “imantada” por los programas de la prensa rosa, roja, amarilla o del color que se le quiera poner, en fin, por los chismorreos, vaivenes y devenires de la gente “famosa”. No debe andar muy bien este planeta si la mayoría de la gente prefiere interesarse por mundos paralelos y vidas ajenas antes que por lo que la realidad que le rodea. Desde luego es mucho menos cansado y pertubador ver durante una hora un programa del corazón (yo lo denominaría más bien de la casquería humana) que reflexionar durante diez minutos acerca de cómo hacer para que este planeta vaya mejor. No lo digo con sorna, sino con mucha pena.


Siguiendo con la cuestión editorial, Carlos Monsiváis reseña que, “se busca complacer de modo primordial al lector posible o real, superficial en extremo, descuidado...”. Y como dice el mismo autor, sólo las “personas que se han educado en la cultura de la lectura y de la escritura” (que son una minoría en constante decrecimiento) tienen capacidad para seleccionar con criterio las fuentes, e informarse bien. Únicamente estas personas son las que podrán sacar verdadero provecho a las nuevas tecnologías. Desde hace mucho tiempo ya se viene apuntando que, en los países desarrollados especialemente, no existe analfabetos, sino analfabetos funcionales. Y en un mundo con tal avalancha de información, no entender el contenido de los textos es similiar a no saber descifrar el código de escritura. En esta situación, siempre será mucho más cómodo ver un programa de televisión sensacionalista y de lenguas viperinas, a leer cualquier libro (dejando a un lado mayores o menores niveles de dificultad en la comprensión).

Tengo la sensación de que la sociedad actual está desaprovechando una oportunidad histórica. Hace no tantas décadas el acceso a la cultura era un auténtico lujo para la mayoría de la población. Ahora que prácticamente todos podemos acceder ella (en los países desarrollados), se la deja a un lado o, incluso, se la desprecia. Triste paradoja, pero creo que es un hecho. Hay que hacer todo lo posible y un poco más para revertir este estado de las cosas.


Por otro lado, no cabe duda de que las coordenadas del contexto bibliotecario en España respecto a América Latina son totalmente diferentes. Ni mucho menos nuestro país disfruta de una realidad idílica, pero basta con decir que España (datos de 2000, ya ha pasado más de un lustro) tiene una biblioteca por cada 9000 habitantes, mientras que Chile (datos más actualizados) posee una biblioteca por cada 40000 habitantes. En Sudamérica el problema más acuciante radica en la escasez de servicios bibliotecarios para la población.


Otra cuestión íntimamente vinculada con la globalización es el fenómeno de la emigración desde los países más deprimidos (ya sea por guerras, depresión económica, etc.) hacia países más desarrollados. Aparece la figura del emigrante, que suele vivir en la marginalidad. Para terminar o, al menos, paliar esta situación, las bibliotecas públicas tienen que mostrarse como instituciones abiertas que, a partir de la cultura, ofrecen una integración en la sociedad que les acoge, preservando el derecho de mantener su propia identidad cultural. Se trata de una problemática complicada, ya que la globalización capitalista sigue otro modelo, la integración mediante la absorción y la uniformidad cultural. En Francia, por ejemplo, no ha demostrado ser el sistema adecuado, ya que ha provocado más marginación. Creo que el pluralismo es lo deseable y nos enriquece, siempre que se respete el ordenamiento jurídico básico del país de acogida. Desde luego, es mucho más fácil decirlo por escrito que llevarlo a cabo, pero ese debiera ser el camino.


A la hora de hablar de la biblioteca como elemento de inclusión social, abarcando a todas las capas de la sociedad, siempre me queda la duda de que sea un factor tan crucial por sí solo. Creo que se le atribuye una responsabilidad excesiva a la biblioteca pública, metas ideales que es casi imposible que logre. Y, precisamente, esa falta de cumplimiento es la que, a posteriori, nos hace deprimirnos a todos los que amamos el mundo de las bibliotecas. En mi opinión, sin un buen sistema educativo, con el que conjuntarse y coordinarse, sus potencialidades quedan cortadas prácticamente de raíz, con lo que sólo puede “tapar parches”, pero nunca cumplir todo su cometido social. Además, en general, las bibliotecas públicas tienen un apoyo ínfimo de las administraciones de las que depende, por lo que no podemos pretender que lideren el cambio hacia una sociedad más justa que reduzca la brecha social.

Los gobiernos han de facilitar los recursos necesarios a la biblioteca pública para que ésta haga efectivos los siguientes derechos de los ciudadanos (Assumpta Bailac):

  • Derecho a la accesibilidad (a las nuevas tecnologías).

  • Derecho a la formación (respecto de los servicios que ofrece la biblioteca).

  • Derecho a la información.

  • Derecho a la participación (fomento de la democracia participativa en el entorno digital).


Todo ello, junto a un buen marketing bibliotecario, ayudará a acrecentar los vínculos con la comunidad a la que sirve la biblioteca pública. Como ya se lleva practicando desde hace unos años, no sólo una vinculación con el espacio físico, donde interrelacionarse con otros usuarios, sino también a través del espacio digital (página web de la biblioteca, foros, clubes de lectura virtuales, etc.). Sin olvidar las redes de trabajo virtual que se pueden emprender a través de Internet y que ayudan a salvar distancias físicas que las pobres infraestructuras de muchos países no permiten superar con facilidad.


Por otro lado, cuando se habla de la “panacea de Internet” (por decirlo de algún modo), tengo la impresión de que seguimos maravillándonos ante sus posibilidades potenciales. Si no fuera por Internet, este texto que estoy escribiendo no podría ser leído por cualquier persona de este planeta, esté donde esté. Pero creo que para lograr que la gente se interese realmente por la lectura habría que, precisamente, llamar la atención sobre la riqueza de la misma que se manifiesta ejemplarmente en los libros de papel. Porque los libros son el origen de todo lo demás que ha llegado después. Y para leer “sólo” es necesario comprender el contenido. Considero que primero habría de darse una “enseñanza analógica” sobre cómo encontrar los recursos para hacer los ejercicios del colegio, por ejemplo. Y luego, una vez afianzado lo anterior, entrar de lleno en el mundo digital. Posiblemente influya en mi modo de pensar que ésa haya sido la manera de relacionarme con la cultura escrita.


Por último, otro aspecto en el que la globalización influye decisivamente es en la formación del bibliotecario. Su perfil básico, dadas las numerosas competencias que se le exigen actualmente, podría resumirse en aprendizaje continuo, trabajo dirigido a la excelencia en el servicio e integración completa en el proyecto de la biblioteca pública en la que labora. Sin olvidar, por supuesto, su flexibilidad, adaptabilidad al entorno cambiante y su papel de intermediario entre la información y el usuario, debido a la enorme cantidad de datos existentes y la escasa fiabilidad de muchas de las fuentes (el paradigma de ellos es Internet).

La globalización es un reto impresionante, probablemente el más complejo al que nunca antes se haya enfrentado la profesión bibliotecaria, pero ofrece una gran cantidad de posibilidades que merecen ser aprovechadas, y que rendundarán positivamente en la sociedad. Nos equivocaremos repetidas veces. Sin embargo, normalmente, sólo de errores se aprende y seguro que en poco tiempo encontraremos el modo correcto de afrontar la nueva situación.


Un saludo cordial.


Bibliografía:

-ALLENDEZ SULLIVAN, Patricia Mónica. “Sobre las bibliotecas, los bibliotecarios y la globalización”.

-BAILAC PUIGDELLÍVOL, Assumpta. “Los usuarios y los profesionales de la biblioteca pública en el nuevo entorno de la sociedad de la información”.

-RAMOS CURD, Enrique. “Globalización y bibliotecas públicas”.